1968. El mundo tiembla por París y Checoslovaquia cuando Sevilla aparece llena de melenas y discos que nadie conoce. Los americanos llevan años en la ciudad y los chavales toman nota de nuevas músicas, nuevas drogas e ideas que arden como papel de fumar. Surgen bandas y fanzines mientras el LSD corre de mano en mano. Los colgaos deambulan por el parque de la Alameda y las chicas practican el amor libre entre los arbustos. Entre todo eso, un adolescente de quince años sigue a su amigo Fali y a Carlos Pinball, rockero y leyenda local, en su peligroso viaje por los márgenes de la revolución psicodélica.
Sevilla fue la zona cero de la contracultura española, y Quico Rivas estaba ahí para contarlo. Lo hizo con esta novela de iniciación, cruda y luminosa, donde la inocencia choca con la realidad y las promesas se rompen antes de cumplirse. Escrita en 1980 y nunca publicada hasta ahora, Lo que dura una canción retrata el instante exacto en que una ciudad creyó que podía cambiar de piel y descubrió que las revoluciones, como las canciones, a veces se terminan demasiado pronto.
"En Carlos Pinball convergen o podrían converger muchos otros jóvenes, músicos o no, que sucumbieron entonces al alcohol, al hachís o al LSD, carne de manicomio y electroshock, luego iluminados deambulantes, hijos del agobio, pruebas indelebles de que el experimento contracultural dejó por el camino a no pocos héroes caídos en la batalla, desde luego en Sevilla." (Fran G. Matute)
"Yo mismo cultivé la leyenda de mi mala fama, que es la única fama respetable." (Quico Rivas)



















